
La confusión entre la relación del Estado y mercado no es cosa nueva. De hecho, la historia del pensamiento económico ha sido un violento péndulo: de Adam Smith y la mano invisible, a Karl Marx y el estatismo empobrecedor; de Keynes y su aliento a la política intervencionista, a Friedman y su desprecio por la regulación estatal. Después de la crisis del sistema soviético, el viraje de China al capitalismo dirigido, el éxito de los tigres asiáticos y del esquema europeo, el Consenso de Washington, la era de desregulación en los noventa y el entorno económico actual de crisis y recesión, hay claridad en dos cosas: primero, que el mercado es el mejor medio para generar riqueza y bienestar; y segundo, que el mercado tiene fallas importantes que deben ser corregidas por el Estado a través de una rectoría vigorosa, inteligente, responsable y efectiva. Haciendo justicia a todos, tan perniciosa es la intervención del Estado totalitario que malgasta, distorsiona y protege a pocos en detrimento de muchos, corno nefasto es el hecho que el Estado se mimetice en un fundamentalismo de mercado, absteniéndose de procurar y.
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